Un cuento de Andersen inspirado en mí (o eso me gusta imaginar)

Un cuento de Andersen inspirado en mí (o eso me gusta imaginar)

Hace poco estaba ordenando libros en casa y me encontré con uno que había olvidado completamente que tenía. Se trata de una recopilación de los Cuentos de Andersen, editado por Anaya. Es de tapa dura y papel satinado, de aquellos que servirían como arma arrojadiza. Pero sobre todo nos tiene que servir para tener siempre presente aquellos cuentos tradicionales, lo que en catalán llaman rondallas, que han llenado las cabecitas infantiles de muchas generaciones. Y como primer cuento del libro, me encontré con uno de mis preferidos: «La princesa y el guisante»



Adoro este cuento porque la princesa podría ser yo perfectamente. ¿Quién mejor yo, hipersensible y quejica, para detectar un guisante bajo veinte colchones y veinte edredones de plumas?

Como es muy cortito (y como los pocos que me leen no creo que me denuncien), voy a darme el lujo de copiarlo palabra por palabra.

Aprovecho la ocasión para animar a todo aquel quiera escribir cuentos infantiles a transcribir cualquier texto que admiremos, como si fuese un dictado de esos que hacíamos en el cole. Es increíble la de matices que se encuentran en cada palabra, en cada expresión, en cada giro.

Aquí va:

La princesa y el guisante
 
Había un vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero tendría que ser una princesa de verdad. Así que viajó por todo el mundo para encontrar alguna. Pero siempre había algún problema: princesas había de sobra, pero que fueran princesas de verdad no estaba del todo claro; siempre había algo que no estaba del todo bien.  Así que volvió a su casa preocupado, porque tenía muchas ganas de encontrar una auténtica princesa. 
    Una noche, hacía un tiempo espantoso. Había relámpagos y truenos, y llovía a cántaros. ¡Era horrible! Llamaron a la puerta y el viejo rey fue a abrir. 
    Allí fuera había una princesa. ¡Pero, Dios mío, qué aspecto tenía, con aquella lluvia y aquella tormenta! El agua le escurría por el pelo y la ropa, le caía desde la nariz a las punteras de los zapatos y salía por los talones. Y dijo que era una princesa de verdad. 
    «Bueno, ahora veremos» pensó la anciana reina, pero no dijo nada. 
    Entró en el dormitorio, quitó toda la ropa de cama y puso un guisante sobre el somier de tablas; luego cogió veinte colchones, los puso encima del guisante, y luego veinte edredones de plumas encima de los colchones.
    Allí dormiría aquella noche la princesa. 
    Por la mañana le preguntaron qué tal había dormido. 
    – ¡Oh, terriblemente mal! – dijo la princesa -. Casi no he podido pegar ojo en toda la noche. Dios sabe lo que habría en esa cama. Debajo había algo duro y tengo todo el cuerpo lleno de moratones. ¡Es horrible!
    Así pudieron comprobar que era una princesa de verdad, pues había notado el guisante a pesar de los veinte colchones y veinte edredones. No podría haber nadie tan sensible, a no ser una auténtica princesa. 
    El príncipe se casó con ella, porque ahora sabía que había encontrado una princesa de verdad, y el guisante acabó en el museo, y allí sigue para el lo vean, si no se lo ha llevado nadie. 
    ¡Esta historia sí que es bonita!

Suscribo, una historia preciosa inspirada en mí 🙂 😉

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